30 de septiembre de 2009

Oro y Azul XI


20 AÑOS ANTES

   La visión de su padre, le había dejado a la joven Luisa destrozada; y hacerse a la idea de no volver a su protectora, de no volver hablar con su madre era un pinchazo en el corazón, su alma se había roto y uno de los pedazos más importantes, el trozo que daba equilibrio en casa se había ido para siempre. Su padre allí sentado, sin su alma gemela le dolía en lo más profundo de su ser, con 17 años comprendía que la fuerza de su padre se había difuminado en los últimos meses, con la enfermedad del auténtico motor familiar. Un halo  de oscuridad estaba presente desde el fatal momento en su madre había fallecido..., "ya nada sera igual", esas palabras recorrían su espalda, poniéndole nerviosa, no sabia como actuar con su padre, nunca habían sido muy cariñosos ella con él y él con ella, pero ver a su padre así era algo insoportable para una hija. Lentamente se acercó a la mesa, y a la silla donde tanta veces se había sentado a escondidas, mirando los papeles que su padre acumulaba en la mesa.

- Papa...
El hombre, dejo ver su cara, separando sus manos, las lágrimas caían por sus mejillas incapaces de contener por un minuto más toda la tristeza y soledad que le embargaba desde la muerte de la fuerza en la que se apoyaba, su mujer lo era todo para él, y sin ella se encontraba sin fuerzas y desnudo para seguir viviendo. Vio a su hija de rodillas delante de él, y lo único que consiguió hacer fue abrazarla, ninguno de los dos se acordaba de cuando fuera la ultima vez que se habían abrazado, ahora solo se tenían el uno al otro, no había el ángel salvador que siempre terciaba en sus múltiples broncas y desavenencias. Su padre siempre había sido la pata fuerte de la familia, pero ahora se daba cuenta que quien diera el equilibrio era su madre, en esos dos días su padre se le viniera el mundo encima, y los 72 años ahora parecían más de 90 años, Luisa pensaba que eso es lo que tenia la muerte, que te hacía envejecer rápidamente.

  En los días siguientes, su padre apenas comía nada, se pasaba todas las horas encerrado en su despacho, escribiendo y mandando multitud de correos a personas desconocidas para Luisa; los libros antaño colocados cuidadosamente en las estanterías, ahora se apilaban por cualquier zona del suelo, notas manuscritas que parecían tener muchos años, estaban desparramadas por doquier, idiomas que jamas en su vida había visionado se presentaban a Luisa cada vez que entraba en el despacho para llevar a su padre algo de alimento o bebida. La mansión de la familia, que antes siempre estaba lleno de personas que visitaban a su padre y a su madre, en reuniones que se alargaban muchas noches hasta el alba, ahora solo estaba habitada por un viejo fantasma, ensimismado en sus libros y recuerdos y en una hija preocupada por el futuro de su padre. Todo el servicio se había marchado, después de pagarles todo el sueldo, se habían quedado solos padre e hija.

- Luisa ven, por favor; es importante.
- Dime papa, ocurre algo.
- Mira hoy al atardecer vendrá un amigo, hazle pasar aquí y déjanos solos, tenemos mucho de lo que hablar el y yo.
- ¡Papa! No puedes seguir así, sin comer y encerrado aquí por más tiempo, llevas con esta locura tres semanas, solo sales para ducharte o ir al baño, así no...

El anciano cogió una mano de su hija, mirando directamente a los ojos de su hija, y acariciando su mejilla, le dio un beso. Luisa lo sintió casi como una despedida, y una especie de redención por parte de su padre por todos los besos que durante años no le diera.

- Papa...
- Eres la viva imagen de tu madre, serena, hermosa y siempre cuidando y pensando en los demás antes que en ti misma. Nunca te lo he dicho, pero estoy orgulloso de ti y siempre, siempre te querré.

La joven se giró, y tropezando con todos los libros, comenzo a sollozar, no pudiendo reprimir la aparición de las lágrimas. La tarde pasa de un brillante sol, a poco a poco amenazar tormenta, normal tras unos días tan calurosos, como los de ese verano. El timbre de la entrada, rompió los pensamientos de Luisa, llevaba horas pensando en su madre y en las palabras de su padre el día de la muerte de esta "ya nada sera igual". Levantándose de la silla, dejo el té humeante en la mesa, y se acercó a la puerta, a través del cristal de la entrada, veía una figura ataviado con una especie de túnica naranja. Lo que vio tras la puerta jamas lo habría esperado; un monje budista, con su cabeza completamente afeitada y su ropaje naranja en su casa, le era imposible decir su edad, pero saltaba a la vista que no era precisamente un hombre joven, apoyado sobre un bastón de  más de un metro noventa, le saludo inclinándose levemente.

- Me imagino que tu seras Luisa, eres como me imaginaba, tan bella como tu madre. Siento muchisimo su muerte, era una gran amiga.
- Si,.. si soy Luisa... perdone, ¿y us...ted es?
- Llámame Iuduan, tu padre me está esperando, Luisa.
- Si... por favor pase y sigame, mi padre está en su despacho esperándole. ¿Podría ayudar a mi padre, señor Iuduan? El anciano monje se detuvo justo a la entrada del despacho, y mirando a los ojos de la joven que tenia al  frente, se puso serio. Luisa dio dos pasos hacía atrás, el invitado de su padre no era una persona como las otras que le visitaban antaño, este era especial.

- Luisa, no es tu padre quien necesita ayuda. Nos queda tiempo, pero no mucho, tus padres lo descubrieron y por eso tu madre... Siento todo esto, pero sabemos desde hace mucho que tarde o temprano seriamos descubiertos.
- ¿Mi madre...? En ese momento se abrío la puerta del despacho.

- ¡Iuduan! Viejo amigo, por fin estas aquí.
- Siento lo ocurrido, Juan; ojala hubiese estado con vosotros.
- No hubieses podido hacer nada, amigo mio; y quizás tu tambien habrías muerto, pasa tenemos mucho de lo que hablar. Luisa, por favor, nos dejas.
- Papa, ¿que paso con mama?
- Ahora no Luisa, no es el momento.

La joven se retiró a regañadientes, se tumbo en la sala encendiendo la televisión, adueñandose el sopor de ella y rato se encontraba dormida, con los primeros rayos del nuevo día despertó. Estirando los músculos aun adormecidos, cuando se giro, vio la puerta del despacho abierta, se acerco para ver si su padre y su invitado necesitaban algo, cuando entro no reconocía la estancia; parecia que un ejercito de limpieza habría pasado por allí, todo en su lugar, o casi. Algunos de los libros más antiguos no estaban en su lugar. Su padre y Iuduan, tampoco estaban; sonrió pensado que el monje convenciera a su amigo de que descansase algo. Subió las escaleras convencida de ver a su padre durmiendo en su cama. La puerta entreabierta, dejaba a la vista la vieja cama de sus padres, pero en ella no había dormido nadie, desde hacía muchos días. Busco por toda la casa, sin encontrar a su padre o al monje. A las dos horas se presento la polícia, hasta pasadas cuarenta y ocho horas no podrían lanzar un aviso de desaparición de su padre. Sacaron fotos y Luisa contesto unas cuantas preguntas retoricas, y por donde vinieron se fueron, recordándole que si su padre no aparecía en dos días les volviese a llamar. Su padre fue un caso archivado más en el departamento de personas desaparecidas. Ni del monje, ni de su padre volvio a saber nada.

3 comentarios:

POLIDORI dijo...

Que gran eslabón nos acabas de regalar.





John W.

María dijo...

¡¡Cachiss, Javier!!

Yo que quería ser la prime hoy y por los pelos, se me ha adelantado Polidori (por cierto, no sé como dejar comentarios en tu blog, he leído tu historia de la vecina terrorífica;-)Está muy bien...) -Fue, un inciso- lo siento.

Es verdad, que cada vez la cosa se pone y te sale mejor. Pero Javier, nos vas a dejar a todas las chicas huérfanas... Primero Eva y a hora Luisa en busca de su padre.
Mira, como ya sabes que soy malísima, te diré que intuyo, que nuestra Luisa, finalmente de una manera u otra, se encontrará con Daniel ¿A que si? ;-)
Y tienes mucha razón en cómo dibujas la figura de su madre, siempre son el pegamento de las familias y los árbitros de los conflictos que surgen en ellas. Cundo falta una madre en una familia se nota muchísimo más dentro que si falta el padre. Bueno, siempre hay excepciones...

Me está haciendo gracia, estoy escuchando una versión discotequera de Dulce Pontes ahora en tu blog... Nunca había escuchado un fado, para saltar...ja,ja,ja.

¡¡Feliz tarde!!
Muchos besos.

Javier Pol dijo...

Algo de relación tienen los unos con los otros, pero ya se desvelara más adelante. Tengo muchos trozos y poco pegamento, el puzzle me esta llevando su tiempo (sinceramente más del que yo pensaba), lo que ocurre es que voy escribiendo según se va deshaciendo el nudo que forme al principio. María, no dejo a las chicas sin padres, los chicos fueron los primeros en no tener a nadie. No se si se unirán los destinos de Luisa y Badoer, sería demasiado evidente ¿no te parece? JEJEJEJEJEJE

Todas (o casi todas) las madres son el pegamento que une en la familia, la que esconde tus secretos, tus confidencias, es una pena que cada vez se pierda ese papel por parte de toda esta sociedad deshumanizada y menos familiar.

Un saludo a ambos, o para María moitos bicos.